Así cómo en el escrito anterior decidí referirme a la palabra y la relación que la palabra tiene con mi recorrido de vida, en este escrito decido escribir de lo que refiere a la escucha, el otro polo que en integración con la palabra, hace al Ser en cada Quién.


Entrenar la escucha es entrenar la mente, y como en todo entrenamiento, no hay un final. Toda la vida aprendemos de la escucha y gracias a ella se abren nuevos universos.


Mientras más aprendo a escuchar y a escucharme, más conozco del universo y más conozco de mi mismo, desde una hermosa conjunción que me invita a ver el adentro y el afuera, el reflejo de lo interno en lo externo y de lo externo en lo interno.


Como nos enseñan los espejos, los espejos acústicos, no existe la escucha sola. En ella hay siempre más de una escucha, más de una personas, más que un tiempo y un espacio, que se remonta a lo más primordial de nuestra vida, hasta nuestros sonidos regentes.


Podríamos pasarnos la vida entera atrapados en un sonido, en un sonido dónde está el todo y las partes. O podríamos hacer de ese sonido un aliado y un camino.


Si logramos escuchar, lograremos liberación. Escuchar lo que SI aprendimos a escuchar, es el hermoso encuentro con el reconocimiento de crecimiento. Escuchar lo que nuestro ego NO quiere escuchar, es una decisión, el inicio de la liberación.


Si yo me pongo del lado de escuchar, me hago presente en mi vida. Mientras más escucho más aprendo a hablar, y mientras más claro hablo más aprendo a escuchar. Y en la dialéctica aprendo a Integrar.


Desde el reconocimiento, la cárcel deja de ser cárcel para ser oportunidad.


Palabra y escucha decididos por un Quién, se integran en un mismo lugar, el Ser.


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Juan Ignacio Costoya